Jizōs en el abismo, una historia nipona de fantasmas

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Cualquiera que haya visitado el Abismo de Kanman-ga-fuchi, un sendero desde el puente Shinkyo que bordea el río, a unos quince o veinte minutos de los exuberantes templos de Nikko en Tokyo, habrá sentido la presencia de un Jizō juguetón, que aparece y desaparece a su antojo.

Los Jizōs, imágenes de piedra con gorritos y baberos, están diseminadas por muchísimos cementerios en Japón y alcanzan su máxima aglomeración en este Abismo. Son los compañeros de juego en el mundo supraterrenal de los llamados Mizuku, “niños de agua”, aquellos niños que murieron demasiado pronto o desaparecieron en extrañas circunstancias. Estos Jizō ayudan a los padres a superar la muerte de sus mizukus.

Cuentan, y puedo ser testigo de que cuentan bien —o mal, ahora leeréis—, que si uno hace el camino del sendero del Abismo y se dedica a contar las estatuas en ambos sentidos, el número difiere. Hay un Jizō fantasma, travieso, que solo se deja ver cuando quiere, quizá solo a aquellos con alma infantil que estén dispuestos a jugar con él.

Rogelio Pujol

 

…Y llegó la criba…

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… Y llegó la criba para separar las cosas que a veces de puro sencillas pasan desapercibidas y que nos son tan necesarias. Como la música, como bailar. Por un cúmulo de casualidades, que incluyen unas clases de piano y conocer a un querido amigo, acabé representando a un grupo del que nunca había oído hablar. Pero los vi tocar. Recuerdo aquella sesión matinal en un teatro prácticamente vacío. Nadie había publicitado aquella actuación, pero al escaso público no nos importó, ellos llenaban el escenario y su fuerza vibrante se transmitía a través del espacio casi vacío, con la primera canción ya no nos importaba ser unos pocos, ellos conectaban con cada uno de nosotros a través de su música, atravesaba tu cuerpo y algunas partes de él adquirían vida propia, se movían los pies, luego las piernas, la cintura, las caderas y ya no podías parar. Fue amor a primera vista o quizá debería decir a primer sonido. Aunque sus sonidos son muchos, como la receta secreta de un gran chef: una base de salsa, otra de cumbia, unas gotas de rock, un poco de funk, y una buena porción de sonidos tribales afros. Si el plato de un chef hace que se te derrita la boca, la música de La Criba Psicotropical hace que se te derrita el cuerpo. Después tuve el placer de conocerlos y comenzamos esta loca aventura juntos. Ellos con mucha más carretera que yo en estas lides, pero dispuestos a confiar en mí, y lo que empezó como una relación laboral se convirtió en una maravillosa amistad. Lo que ofrecen es muy sencillo: olvidar por un tiempo, lo que dura un concierto suyo, todos los problemas y las durezas de la vida. —Entrar de lleno en su música, dejarse llevar por su ritmo despeja más la mente que una sesión de meditación, tonifica más el cuerpo que una mañana en el gimnasio y cuando todo termina y sales del trance sientes que estás bien, así de fácil: ¡estás bien! Su música, además, salta cualquier barrera, une a gente dispar en el sonido ancestral de la tribu. ¿Es magia? Puede que lo sea, es la música y son los músicos de La Criba Psicotropical.

El próximo 22 de noviembre en la sala Honky Tonk a las 21,30 horas puedes probarlo, por si no me crees…

Carmen Espinosa

Quién te cantará

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No creo que sea yo quien lo haga, que ni en mis años mozos me daba la afinación. Así pues, se lo dejo a Mocedades.

Bueno, a lo que vamos, hace un par de semanas vi en el cine una estupenda película que os recomiendo: Quién te cantará, de Carlos Vermut. Fascinante estilo formal el suyo y excéntricas historias que nos cuenta, turbias y que generan desasosiego.

Aun tramada con similares mimbres, su anterior, Magical girl me gustó más bien poco, pues no me tocó ni corazón ni intelecto, como sí que hizo la hoy glosada.

Donato Ibáñez Melero

Operación U.N.C.L.E.

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Antes de que se diera a conocer mundialmente con la fantástica Snatch, cerdos y diamantes (2000), Guy Ritchie había estrenado en España la también divertida aunque menos redonda Lock & Stock (1998). Tras estas, y tras un sonoro chasco con su pareja de entonces (Madonna), realizó la estimable Revolver (2005), y tras ella, la muy entretenida Rockanrola (2008), en la que se daban cita mafiosos rusos dueños de clubs de futbol ingleses y políticos corruptos (no precísamente ciencia-ficción, ¿no creen?). Tras un par de buenas películas del mito inglés Sherlock Holmes, llegamos al año 2015, en el que basándose en la famosa serie de los años 60 (U.N.C.L.E.), dirigió esta Operación U.N.C.L.E., que hoy os quiero recomendar.

La acción transcurre en la Europa de los primeros años 60, con el telón de acero todavía vigente y la guerra fría en ebullición. Trata las aventuras de un espía ruso y otro americano que deben colaborar juntos en busca de un científico desaparecido. El tercer vértice del triángulo será una chica, hija del científico a la que deben encontrar, y que también formará parte de la misión.

Encantadora película de espías, que aunque llena de acción, respira un ritmo lento y pausado que permite a Guy Ritchie ser minucioso en multitud de detalles, con una cuidada ambientación y una fotografía precisa basada en la elegancia de los claroscuros, que hacen de esta película, una película de acción disfrutable tanto por cinéfilos como por el espectador medio.

Como en toda la filmografía de Guy Ritchie, la sombra de Tarantino es inevitable y muy alargada, tanto en el gusto por los extensos diálogos, como en ciertas maneras de presentar a los personajes, así como en el uso de la música y de determinadas canciones que son casi un personaje más de las escenas —por no hablar de determinados bailes o de personajes dando ciertos discursos antes de cometer alguna atrocidad—. Guy Ritchie no tiene ningún problema en dejar al descubierto sus filias cinéfilas, puesto que tiene el carácter suficiente como para usarlas y adherirlas a su propio bagaje, y a través de su tamiz, conseguir un estilo personal.

Los actores son otro punto a favor de la película, y Henry Cavill, Armie Hammer y Alicia Vikander están convincentes en sus papeles principales, mientras que los secundarios de lujo como Elizabeth Debicki, o el siempre elegante Hugh Grant, dan color a la cinta.

Guy Ritchie, como buen hijo de Albion, lleva en su interior un hooligan y un melómano. Sin embargo, en esta película pasa casi desapercibida la primera característica (exacerbada en sus primeros films). Por el contrario, y como en toda su filmografía, su elección musical es genial, en este caso, toda ella de los años 60, desde música negra de muchos quilates (Roberta Flack, Solomon Burke… hasta acabar con la gran Nina Simone), del siempre inquieto Tom Zé, así como de un par de emocionantes canciones italianas (de Luigi Tenco y de Peppino Gagliardi).

Una película que busca y consigue entretener, que siempre intercala con acierto momentos divertidos entre las escenas de acción, y que posee una factura impecable. Entretenimiento puro y duro, pero con certificado de calidad.

Guillermo Villacampa