Coixet

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Hace unos meses Rogelio nos hablaba aquí del último estreno de Isabel Coixet, La librería (2017), antes de que se estrenara, que la vio en el Festival de Valladolid, y que yo vi en sala comercial, ya sí de estreno, unas semanas después.

De esta directora, algunas de cuyas películas me cojean algo, quería destacar dos que me tocaron especialmente, dos delicias que me encandilaron, y que os recomiendo encarecidamente

Mi vida sin mí (2003), maravillosa, terapéutica, para una adecuada profilaxis de nuestras doloridas almas.

A los que aman (1998), hermosísima película sobre amores no correspondidos y del amor como enfermedad y medicina.

Donato Ibáñez Melero

Siete minutillos con Ravel

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Mi intención con esta serie de pequeñas reseñas que hoy comienzo para Sietelíneas, es descubriros piezas de música que a lo peor desconocéis y sin embargo, son obras maestras. Voy a comenzar por el Cuarteto para cuerda en Fa mayor de Maurice Ravel. Si no lo habéis escuchado, os recomendaría sólo el primer movimiento. Siete minutillos de vuestra vida. Y ya está, un pinchacito de nada. ¿Nos ha gustado? ¿Nos ha conmovido? Estupendo. Os doy permiso para escucharlo otra vez cuando queráis. No dejéis pasar un mes.

Cuando ya reconozcáis algunas melodías y ritmos que aparecen en él, (supongo que necesitaréis cuatro o cinco escuchas), podéis pasar a los otros movimientos y haced algo parecido. Esto que parece una receta, os hará escuchar la música de otra manera. Antes de escuchar el cuarteto entero, os recomiendo pinchar en este enlace: forma sonata.

Ahora sí: mientras escucháis (la partitura ayuda a ver la geometría y la estructura interna aunque no sepáis música), se alzará delante de vosotros un edificio musical de uno de los mayores arquitectos que ha tenido la música. Construyó poco pero todo lo que hizo quedará para siempre en la historia del arte. No me cuesta nada decir que está a la altura de Bach, Bethoven, Stravinsky o Shostakovich. Disfrutad.

Cuarteto para cuerda en Fa mayor, de Ravel.

Manuel Comesaña

San Baudelio de Berlanga: expolio, pecios, eufemismos…

(Notas desde el Prado, 5)

La pintura románica es, sin lugar a dudas, el talón de Aquiles del Museo del Prado. Para colmo de males, el eterno “rival deportivo”, el Museu Nacional d’Art de Catalunya, cuenta con una despampanante colección de arte románico que, a poco que se investiga acerca de sus orígenes, deja en una situación claramente ridícula a los responsables de la política cultural de la España alfonsina. Nuestra visita de hoy al Prado está relacionada con aquellas primeras décadas del siglo XX. Vamos a volver a dirigir la mirada hacia el rocambolesco —y doloroso— episodio del expolio de las pinturas murales de la ermita soriana de San Baudelio de Berlanga.

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Las huellas de un expolio: Improntas (restos tras el arrancado) en los muros de la ermita: Cacería de liebres (izquierda, hoy en el Prado) y Halconero (derecha, en la actualidad en el Museo de Cincinnatti). Foto: J. A. Alcalá

En la Sala 51 (Capillas románicas)
Hace ya ocho años que Rafael Moneo, autor de la ampliación del museo, concibió esta arquitectura “evocativa” de la ermita que hoy alberga los seis fragmentos que, desde finales de los cincuenta, exhibe el Prado. Dejando al margen la cuestión de la inevitable teatralidad que suele acompañar a este tipo de montajes, la sensación que causan estas maltratadas pinturas rojizas es intensísima. No creo que ninguna otra obra del Prado nos llegue a transmitir como ellas la sensación de que pertenecen a otro ámbito espiritual. Está claro que su contemplación reclama un silencio interior —un aura de respeto— que no entra precisamente en los planes del aturdido visitante estándar. Pero no vamos a hablar ahora de las pinturas, sino de su historia reciente.

La cartela del museo nos ofrece algunos datos: ermita mozárabe (no todos los expertos estarían de acuerdo con este adjetivo) del siglo XI; veintitrés fragmentos de pintura mural arrancados en 1926 y repartidos entre cuatro museos norteamericanos (Boston, Indianápolis, Cincinnatti y The Cloisters, de Nueva York). “En 1957 —añade textualmente la cartela— seis escenas se traen al Museo del Prado como depósito temporal indefinido del Metropolitan Museum of Art de Nueva York.”

Bien, todo parece correcto, quizá hasta demasiado correcto: —ya sabemos todos aquello de que entre bomberos no nos pisamos la manguera—. Pero 1926 es casi ayer, no estamos hablando de la Guerra de la Independencia. En aquel entonces en España, además de Guardia Civil y cabildos catedralicios, había una serie de instituciones encargadas de velar por la conservación de nuestro patrimonio histórico: el pueblo español contaba con un Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, Academias de la Historia y de Bellas Artes, Comisiones Provinciales de Monumentos… Y para colmo de los colmos, ¡la ermita ya había sido declarada Monumento Nacional en 1917! ¿Por qué entonces se permitió el arrancamiento y exportación de las pinturas murales de la “Sixtina de Castilla”?

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Saga Dos amigas

Ya publicamos aquí hace más de un año el artículo La amiga estupenda. Señal de que no pasa y no pasará desapercibida esta tetralogía es esta nueva lectura que nos envía Guillermo Villacampa, y que contribuye al objetivo primordial de nuestro blog: crear una tertulia cultural, un intercambio de pareceres, un compartir gustos y disgustos. Buena lectura para los venideros largos días veraniegos.

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Herb Slodounik, Museo de San Francisco, 1963

Descubrí a Elena Ferrante por casualidad, y el enterarme de que escribía y firmaba sus obras con pseudónimo (¡como Banksy!) me motivó a leer algo suyo. Con una simple búsqueda en la red, me encontré varias entusiastas críticas de la saga Dos Amigas en las que se repetía la palabra «deslumbrante».

En realidad, estamos ante una tetralogía formada por las novelas: La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo y La niña perdida. La autora dijo que la había escrito bajo el hechizo del libro Mentira y sortilegio, de Elsa Morante.

La saga es autobiográfica y ahora ya se conoce quién se esconde tras el pseudónimo: la editora italiana Anita Raja. Cuenta la relación entre la escritora y su amiga, vecina del barrio de Nápoles en el que ambas crecieron, desde los años 50 hasta no mucho antes del año 2010. A partir de la introducción del segundo libro sabemos que Lila, la amiga, desapareció aquel año y que por eso Elena escribe la historia de sus vidas, para intentar esclarecer u obtener noticias sobre su paradero y/o su destino actual.

El estilo narrativo navega entre el clásico neorrealismo italiano y la ensoñación, en algunos casos (sobre todo, en la parte de la infancia de las amigas) cercana a la fábula. Con un lenguaje cuidado y a la vez sencillo, la autora nos va adentrando en las vidas de las dos mujeres hasta un punto en que ya no querremos separarnos de ellas hasta la última página. Ante nosotros se desvela la relación entre Elena y Lila desde sus iniciales juegos infantiles a su competitividad por obtener las mejores calificaciones en el colegio; de los celos por sus primeros amores al descubrimiento de las relaciones sexuales; de sus parejas estables a sus maternidades… Una narración a corazón abierto, sin cortapisas, en la que vemos los aciertos y los errores, los pecados y las virtudes, con la fuerza que da la vida real al relato.

Llama la atención la honestidad, la capacidad de Elena Ferrante para desnudarse ante las páginas en blanco y permitirnos entrar en sus pensamientos y razonamientos, tanto en los confesables como en los oscuros y secretos.

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Las calles de Nápoles son gran parte del escenario de la historia, que abarca desde la era post-Mussolini al siglo XXI. Una ciudad que intenta modernizarse al ritmo de los nuevos tiempos, con sus intrínsecos códigos de honor y esa forma de vivir tan apasionada de los napolitanos, para lo bueno y para lo no tan bueno.

Además, como telón de fondo, se nos presentan las familias del barrio, casi todas con hijos de la edad de nuestras protagonistas, y poco a poco vamos vislumbrando las relaciones entre ellas (las actuales y las pasadas, las superadas, las enquistadas…) y sus luchas de poder, con pobreza e ignorancia, con el sempiterno machismo, con fascistas, comunistas y camorra italiana, pero sobre todo, con toneladas de violencia. La violencia que rodea a ambas mujeres es difícil de entender a nuestros ojos coetáneos. Ellas en ocasiones la tienen que soportar, otras la padecen, la ignoran o la ejercen y, en definitiva, se han acostumbrado a vivir rodeadas por ella. Malos tratos, peleas, ajustes de cuentas entre familias, asesinatos políticos, asesinatos de la camorra… todo un compendio de horrores que desfilará ante nuestros ojos y que la autora consigue plasmar con clase, muchas veces contando con palabras bonitas y casi balsámicas, los actos más abyectos y atroces.

Con todo, una tetralogía que pasará a la historia de la literatura por su fuerza, por la verdad que encierra y por la exquisita prosa de Elena Ferrante. Y sí, deslumbra.

Guillermo Villacampa

Azules

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Laussanne © MRevenga

Cuando uno viaja solo parece que el paisaje urbano o natural te abraza de manera muy distinta a cuando se va acompañado, como si la ciudad, o la montaña o el lago quisieran absorberte con su naturaleza de gigante. Toda la sensibilidad se eriza y sientes como acaricia tu piel interior, primero como una ola suave y, de repente, como un tsunami que desbarata tu cuerpo.

Así caminaba yo por Laussane, con la musicalidad del idioma francés, con el orden impreso en cada esquina, con la amabilidad de sus gentes, con las suaves sonrisas planeando como gaviotas, con los cuervos negros sobresaltando mis pasos, cuesta arriba y cuesta abajo, dirigiéndome sin prisa hacia el lago Lemán, que atisbaba entre los enseñoreados edificios.

Llegué a esa mezcla de azules que confundían agua, cielo, montañas y nubes, que como un velo tenue envolvía la soledad. La luz de la tarde no quería irse, no quería dejar paso a la noche. El tiempo suizo se había detenido en esa inmensidad, anclando mis pies en el límite de lo sólido y lo líquido, a un paso del salto.

Tuvieron que inventar el lienzo y el pincel y robarle a la naturaleza los colores para plasmar sus colores. Tuvieron que inventar la cámara de fotos. Había que inmortalizar el instante para quedarse fuera, para no dar el salto y desaparecer.

MRevenga

Señorita para ser amada

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─Seño, seño, ¿da usted su permiso para…?
─Sí, claro.
─Gracias, señorita, ¡cuánto la quiero!

Hoy os glosaré, no sé si en siete breves líneas o más, una deliciosa película que vi en cine hace unos siete años. Se trató de Mademoiselle Chambon de Stephane Brizé, maravillosa película, una delicia, sobre un amor inesperado que pudo ser y quien sabe si podrá ser.

Y ya que estamos, no os perdáis tampoco esta otra anterior del mismo director, No estoy hecho para ser amado, otra delicia, cuyo título lo dice todo, o casi, no digo más.

Donato Ibáñez Melero

La vida de H 

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No me resulta fácil hablar de este libro. ¿Por qué? Porque aunque parece un libro, con su portada, sus capítulos, sus páginas perfectamente numeradas…, en cuanto te adentras percibes que contiene una infinitud de libros, o más que libros, que sus páginas se expanden en el tiempo y en el espacio, robando a ambos lo que tienen de concretos para convertirlos en materia metafísica, y así nos va adentrando en el terreno de lo invisible.

¿Qué cuenta? Cuenta una historia: la vida de H, la protagonista, durante el año escolar en el que cumple seis años, pero está formada por momentos que se expanden hacia el pasado (la juventud del padre) y hacia el futuro (la adolescencia de la niña), rompiendo la linealidad del tiempo.

Una historia que sucede en Madrid y en otros lugares de la península ibérica, sí, pero también sucede mucho más allá (en los Bosques del Campo del Olvido, en las profundidades del mar…) y mucho más acá (al otro lado del espejo, en la estación abandonada…), rompiendo la dimensión espacial.

Una historia que está en la cabeza de H, en la de su padre, en la de su madre… narrada por Nwany, el hada que vigila el alma que entra en el cuerpo de H, el hada que susurra al oído: «Estoy aquí, soy este mundo y sus palabras» (p. 11). Y con esas palabras construye magistralmente las diversas voces de los personajes que intervienen.

¿Qué cuenta con lo que cuenta? De nuevo las múltiples respuestas revolotean entre mis dedos en el teclado:

  • Si alguien me dice que la historia es un tratado para padres cuando sus hijos preguntan sobre la muerte o sobre la existencia de las sirenas, diré que sí: «Las sirenas tenían que irse… cuando tú tengas hijos volverán… Y cuando vuelvan, tus hijos te las devolverán a ti.» (p. 166)
  • Si me dicen que trata de cómo se conoce uno gracias a la paternidad, también contestaré afirmativamente: «¿Se hacía uno mayor de golpe o, más bien, se hacía uno mayor insensiblemente?» (p. 162)
  • Si me dicen que se trata de un sueño, también lo creeré, porque esta historia está hecha de materia onírica, en la que todo parece claro y palpable, pero cuando quieres apresarlo modifica su naturaleza y hasta el suelo firme parece magma.
  • Si me dicen que es un tratado sobre la palabra, también diré que estoy de acuerdo: sobre su aprendizaje, su uso para defenderse y para atacar; sobre la complejidad de enseñar con palabras lo que no las tiene: amor, tristeza, muerte, certidumbre, rezar…; sobre «la necesidad de los adultos de explicar demasiadas cosas, y en el fondo, de dudar de todas ellas» (p. 61).

Y, así, las respuestas se multiplican con cada nuevo lector. Para acabar, que tampoco es sencillo, diré:

  • Que no empieza donde empieza, ni acaba donde acaba, por tanto, es un libro para no parar de leerlo, un libro de cabecera, un libro para abrirlo al azar.
  • Que es contagioso, que hay que leerlo sabiendo que puede modificar nuestra percepción de la realidad, de uno mismo, de lo que creemos ser.
  • Que es una puerta a un lugar propio, intrínseco y, frecuentemente, ignorado.

¡Anímate, atrévete a leerlo, a vivirlo, a soñarlo!

MRevenga

Alejandro Gándara. La vida de H.
Salto de Página. Colección Púrpura (2018)